Templo Kaneiji. El respeto a todas las formas de vida

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Continuamos con nuestra primera ruta por Tokyo. Después de ver el Palacio Imperial, cogimos el tren y nos dirigimos a Ueno con la idea de visitar los alrededores y el gran parque que le da nombre.

Ésta es una de las zonas más recomendables de la ciudad ya que en ella se encuentra condensada toda la esencia de la capital imperial: templos centenarios, inmensos parques, avenidas comerciales y sobre todo, mucha gente.

Nuestra primera parada fue en el templo budista Kaneiji (東叡山寛永寺円頓院), o más bien en lo que queda de él. Como casi todos los edificios importantes, a lo largo de su historia ha sufrido varios incendios y reconstrucciones. El aspecto externo es el mismo pero la organización ha cambiado. El Kaneiji original abarcaba muchos edificios que ahora están dentro del propio parque (la pagoda de 5 pisos y el santuario Toshogu principalmente).

Aún así merece la pena echarle un vistazo debido a una curiosa placa conmemorativa situada en su patio.


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En la entrada hay un pequeño edificio a cuyo toldillo hicimos la foto que encabeza el artículo. Ahí hay poco que ver, un pequeño jardín, una lámpara de piedra y algunos monjes paseando. Lo interesante está un poco más adentro.

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Ya en el jardín podéis ver la típica campana de los templos budistas o bonshyô (梵鐘) que, entre otras cosas, se utiliza para dar las 108 campanadas de año nuevo. Cada una de ellas sirve para ahuyentar una de las pasiones o deseos terrenales que nos acosan continuamente.

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Frente a ella está el edificio principal del recinto, una mole de madera que, como la mayoría de templos, sorprende por su elegancia y armonía. Nunca paró de llamarme la atención el contraste entre estos delicados edificios y las moles de piedra que estamos acostumbrados a ver en Europa.

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En el mismo parque encontramos nuestras primeras “estatuas con gorrito”. La verdad es que tardamos bastante en averiguar su significado, por lo que no parábamos de extrañarnos ante la cantidad de ellas que vimos (ahora que lo sé me da un poco de pena que haya tantas).

Representan a Jizo Bosatsu, “patrón” de los viajeros, del reino infernal y de los niños. Es una de las deidades más queridas de Japón a la que se le suelen dar ofrendas cuando un niño se cura de una enfermedad complicada… o muere, para que le guíe en su viaje por el más allá. Las ofrendas son de lo más variopintas, desde las típicas monedas a molinillos como las que vimos en Kaneiji.

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Justo enfrente se encuentra la placa “misteriosa” de la que hablamos al principio que es tan especial porque está dedicada al alma de los insectos.

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Yo recuerdo haber leído que se homenajeaban a los insectos que murieron durante la construcción del templo, pero en Atlas Obscura dicen que los homenajeados son los que se utilizaron para redactar un libro científico llamado Chuchi-jo, encargado por Sessai Matsuyama, cuyo sentido de culpabilidad le movió a erigir la placa en 1821.

La verdad es que el motivo da igual, lo importante es la placa en sí. Sé que tanto el budismo como el shintoismo son religiones que respetan todas las formas de vida, pero jamás imaginé que llegasen hasta este extremo (que por otro lado me parece perfecto).



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Hay 2 Comentarios en Templo Kaneiji. El respeto a todas las formas de vida

¡Vaya con lo de las estatuas de Jizo Bosatsu! Yo, cuando me enteré de su significado, me sorprendí mucho… por su aspecto, nunca se me hubiera imaginado pensar en que tenían una connotación tan triste :(
(Por cierto, ¡me encanta la foto que abre la entrada!)

Ya, es un poco triste, pero no me digas que no son mucho más alegres que una simple lápida…


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